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Tita la ecologista

La primera frase del relato, en cursiva, me la regalo un lector del blog a través del apartado “participa” para que con ella hiciera un cuento.

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La zanja era de dos por uno. Contando con la profundidad, debían de ser ocho toneladas y media de tierra, al lado, las que aplastaban las palas. El museo Thyssen, mi museo, parecía insignificante al lado de semejante escombrera organizada por el ayuntamiento de Madrid para la ampliación de la vía pública. Los turistas huían, prestos a refugiarse en el Prado, donde quedaban a salvo de la polvareda y el ruido que envolvían mi soberbia pinacoteca. Al entrar, la taquillera pretendía cobrarme a mí -¡a mí, vicepresidenta de la Fundación que la da de comer!-, con el pretexto de que llevábamos dos días sin vender una entrada.

En el interior, el aspecto era desolador, especialmente en la planta baja. Los lienzos y esculturas estaban llenos de polvo, de tierra, de hojas secas. El aire era denso, la luz tenue; todas las ventanas se habían cerrado para evitar -inútilmente- que entrase más polvo. Conforme caminaba, la estela de mis Manolos delataban mi rumbo con precisión. Tan sólo se oía el sonido de mis tacones. Me dirigí a las escaleras, para echar una buena reprimenda al personal por descuidar la vigilancia de la sala. Un toque en la espalda me sobresaltó.

-Mire señorita, a ver si se cree usted que yo me he recorrido 3000 kilometros para acabar así.

Era el mismísimo Rembrandt, saliendo de su autorretrato. Se había retirado el sombrero para hablarme y entonces pude ver sus enormes orejas, que hasta entonces, tantas veces observado, solo intuía.

- A mí me pareció bien lo de venir a España; tapitas, sol y playa… pero de esto no habíamos hablado, no. Estas no son condiciones para alguien de mi categoría. Estoy muy ofendido. Su difunto esposo que en paz descanse no hubiera consentido esto.

Al escuchar la queja de Rembrandt, Hércules dejó a las doncellas de Onfalia para acercarse a apoyar a su vecino. Lo mismo me hizo saber el cocinero de George Washington, aunque hubiera jurado que en el cuadro no llevaba un cuchillo en la mano.

Fernando VII, que todavía se cree Rey de España, sin soltar su capa y señalándome con el cetro, amenazó con montarme una revolución si no solucionaba el tema. Como siempre ocurre entre los de sangre azul, con el pretexto de que el museo estaba regido por una vulgar plebeya (quien se ha creído) se alió con el Duque de Brabante, Catalina de Aragón, y Ana de Hungría, quienes hubieron de soltarse el corpiño para ponerse a gritar: ¡NO A LA TALA! ¡NO A LA TALA!; y es que, -no lo sabía y en realidad me importaba un bledo-, los árboles que estaban retirando de la calzada habían sido plantados por el abuelo de Fernando, Carlos III.

Retractándose de su famoso “vísteme despacio que tengo prisa”, el muy… deseado hijo de su madre, se fue directo a soliviantar a los argonautas, a San Jenaro, a Venus y a Marte (quienes no le hicieron caso porque estaban ocupados con otro polvo) y hasta a los componentes de la bacanal de Carpioni.

Si ya se lo decía yo al Barón: más bodegones, Hans, más paisajes. Y él no, hala, a meter toda esta gente en casa. Que si Durero, Caravaggio, Rubens, Van Gogh, Gauguin ….

A todos ellos ha conseguido, en menos de media hora, sublevar Fernando VII. Si es que se me han amotinado hasta la mismísima Virgen de la Humildad y toda la corte celestial.

Y entonces, un segundo antes de despertar -justo antes de ser devorada por dos feroces tigres saliendo de las tragaderas de un pez- la abeja que volaba alrededor de una granada me sacó del duermevela.

Me puse mi pamela blanca mandé a Mauricio a comprarme una cadena a donde sea que se venden las cadenas; mi gabinete se ocupó de convocar a la prensa; y yo, me di un baño de multitudes gritando ante las cámaras el dichoso ¡NO A LA TALA!. Y ya les dije, que si no paran las obras me traigo la tartera y me encadeno a un árbol, pero que de aquí no me mueven, que tengo mas miedo a Fernando VII que a Ruiz-Gallardón.

Los Reyes de Mundano

Nota de la autora: este cuento, regalo de Reyes para Mundano, incluía dos obsequios en dos paquetitos, con instrucciones de no abrirlos hasta que el cuento lo indicase. No he querido quitar dichas instruciones, que figuran en cursiva hacia el final del mismo.

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Nadie sabe cúal fue el motivo que impulsó al joven Oeshek a aventurarse por la senda prohibida – el camino de los piratas, como lo llamaban en la aldea-. Unos lo achacaron a su extravagancia, pues Oeshek no era como los demás mozos del pueblo. Otros lo atribuyeron a su ceguera, pues nunca había tenido buena vista y se hallaba condenado de por vida a portar unas gruesas lentes -síntoma del que en secreto se sentía orgulloso, pues sabía que era debido a que desde chiquitito siempre había querido mirar más allá, mucho más que lo que correspondía a su edad-.

El caso es que aquella noche del 5 de enero, cuando el resto del poblado dormía obedientemente en la ansiosa espera de los regalos de Reyes, Oeshek cogió sus calcetines de la chimenea, anudó su extensa cabellera, se puso sus botas más cálidas y tomó su arco; decidido a adentrarse en la senda prohibida, sin saber muy bien por qué. Llevaba años deseando hacerlo, pero nunca hasta ahora se lo había propuesto en serio.

El camino estaba oscuro, al igual que el pueblo. Al principio sintió mucho miedo. No había un motivo, no temía a algo en concreto. Pero las leyendas que había escuchado desde su niñez sobre lo que allí acontecía le hacían temer no sólo por su supervivencia, sino también por el destino de su alma. Sin embargo, haciendo caso a su instinto, siguió por aquel camino, sin detenerse, sin prestar atención a sus temores; temores heredados.

Conforme caminaba, el camino se hacía cada vez más y más incómodo.  No había manera de sortear todas las zarzas, zanjas, espinos y ortigas que plagaban la senda, y que le causaron algunas heridas superficiales.  Cada paso que daba era más difícil que el anterior. Daba la impresión de que hubieran sido puestas allí adrede, para disuadir a aquél que no estuviera realmente interesado en continuar.

Después de una mala caída, Oeshek estuvo tentado de dar la vuelta y regresar al pueblo. Acostarse, olvidar todo aquello y dormir con la única preocupación de hacer cábalas sobre los regalos que, desde Oriente, alguien había preparado para él.

Por suerte o por instinto, el caso es que Oeshek tuvo la gran suerte de evitar la tentación de mirar atrás. Y es que, aunque él no lo sabe, el camino prohibido es mas fácil de desandar que de recorrer. Aquellos tramos que le ha llevado rato sortear, se recorren en segundos en dirección contraria. Aquellos espinos, aquellas zanjas que ha ido superando, desaparecen cuando uno quiere volver atrás. El regreso al pueblo es mucho más fácil de lo que cualquiera hubiera imaginado. Probablemente si los aldeanos hubieran sabido esto, se hubieran aventurado a recorrerlo más a menudo.

Oeshek, todavía en el suelo tras la caída, se detuvo a observar el paisaje. Realmente era desagradable, sí. Pero no más desagradable que el de su aldea, sino diferente. Ahora, al compararlos, su pueblo no le parecía tan acogedor. Tampoco la senda de los piratas estaba regida por los monstruos que le habían descrito. Esto incentivó su espíritu aventurero y una vez repuestas las fuerzas, se puso en pie para continuar su andanza, a pesar de que no sabía si llegaría a algún sitio en concreto.

Varias horas y varias heridas después, conforme más claro tenía que quería seguir la aventura -aunque sin saber muy bien por qué-, más llevadero se tornó el camino. La tortuosa senda era ahora una llanura bien cuidada. Ya no había zarzas ni espinos, y no le era difícil sortear las zanjas, pues estaba amaneciendo. Se sentía cada vez mas ilusionado.  A pesar de que no sabía si llegaría a algún sitio, el simple hecho de caminar por allí le complacía. No imaginaba ningún motivo por el que pudiera preferir estar en su caserío, entre cuatro paredes, en lugar de sentir la libertad de la naturaleza como ahora la sentía, sin miedo. Ni siquiera le tentaban los regalos envueltos en celofán que lo esperaban. Sentía paz.

El camino terminaba en una gruta. No estaba custodiada, sin embargo, había unas sombras aguardándole. Con naturalidad, se acercó a ellas para descubrir que eran un par de lobos. Oeshek, procedente de un poblado de campesinos, había sido educado en el rencor y el miedo hacia estos animales. Sin embargo, él no era un campesino más. Había leído mucho pero además contaba con una gran sabiduría, de esa que no se aprende en los libros. Un gran instinto elemental.

Aquellos lobos no parecían hambrientos, por lo que no había motivos para temer de ellos. Tampoco ellos temieron nada de Oeshek, a pesar de que todavía llevaba olor a campesino en su piel.

Le invitaron a pasar. Le dijeron que podía descansar y que debía sentirse tranquilo pues estaba entre iguales. Aquello le hizo sentirse liberado. Se percató de que aquellos seres eran muy distintos a como se los habían descrito. Hablaban pausadamente, con voz serena, y denotaban una gran sabiduría interior. Le presentaron al resto de la manada y le ofrecieron agua fresca. Hasta ese momento Oeshek no se había dado cuenta de la enorme sed que tenía.

Le indicaron que se sentase junto al fuego.  Al acercarse, Oeshek notó que había tenido frío;  frío de muchos años, frío de estar en el pueblo sin salir de sus confines, sin conocer mundos. Era un frío que llevaba dentro, pero que aquel calor estaba apagando. Sintió como le brotaban las lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, simplemente era emoción. Emoción de estar en aquel lugar único, con aquellos seres, formando parte de la naturaleza. Además, allí no había jerarquías, y todo era hospitalidad.

Frente al fuego había una loba. Ella le tomó las manos en señal de bienvenida. Oeshek notó su calor.Era la más vieja de todos, la que más tiempo llevaba en ese lugar mágico y especial. Oeshek sintió que podía descansar. Recostado a su lado, reposó su fatigado cuerpo.

Ella le explicó que también su menospreciada alma debía descansar. Para ello -le dijo- quédate un tiempo con nosotros. Observa, sin prisa, todo lo que nos rodea. Empápate de este calor y de este espíritu común.

Aquello le pareció buena idea y les agradeció a todos su hospitalidad. En respuesta, los lobos comenzaron a mostrarle sus dientes. Lejos de sentir temor, Oeshek, hizo lo que le dictó su instinto: les imitó.  Se dió cuenta entonces de que lo que estaba haciendo era sonreír. Al igual que ellos. Todos aquellos lobos sonreían. Le estaban dando la bienvenida, celebrando la llegada de una nueva alma a la manada. La llegada de alguien que no había nacido entre ellos y a quien le había costado mucho trabajo llegar hasta allí. Él era ya uno más.

Después de unas semanas, Oeshek decidió que quería vivir allí para siempre. Le hicieron saber que la vida allí no estaba exenta de dificultades. Una vez pasadas las festividades, los campesinos volverían a la caza del lobo bajo falsos pretextos. La solución pues, parecía obvia. Oeshek volvería al poblado, donde todos le conocían, y contaría allí lo que había vivido. Les explicaría que no había motivos para temer a los lobos. De este modo podría evitarse la persecución de su manada.

Le explicaron las posibilidades de que su plan fracasara. No obstante, alentaron a Oeshek y le pidieron que contase, a todo aquel que tuviera a bien interesarse por su historia, su aventura así como las indicaciones para llegar a la guarida. Todos serían bienvenidos.

Antes de partir -le dijo la loba- debes saber que nos ha sido muy grata tu visita y te pedimos que compartas esta alegría; que regreses cuando quieras y si no regresas, no pasa nada, nuestro espíritu esta ya en ti.

Antes de partir voy a hacerte tres obsequios, Oeshek, a sabiendas de que volveremos a vernos y por tanto esto no es una despedida. Oeshek no podía imaginar más regalo que el que ya había recibido, el que había cambiado su vida.

-Es posible -le dijo la loba mientras le entregaba un paquetito VERDE (abrir)- que a tu regreso y puesto que vas a pasar una temporada en la aldea las preocupaciones de la vida cotidiana turben el espirítu que has alcalzado. Por ello, y para que comprendas lo relativo de las preocupaciones materiales, te entrego este amuleto. Él te ayudará a entender cómo funciona la aldea, y cómo el hecho de conseguir prosperidad económica (sin pisar a nadie), es más fácil que recorrer el camino que te ha traído hasta aquí.

Oeshek se lo agradeció, y lo guardó en el bolsillo.

Nuestro segundo regalo, le dijo la loba, es este paquete NARANJA (abrir). Esta azurita ayudará a sosegar tu espíritu, pues es necesario que estés libre de ira para regresar aquí. Has de saber que los aldeanos tienen muchas artimañas para provocar tu ira, para volverte impuro. Cuando te encuentres en esa situación, toma la azurita entre tus manos y siente la paz que te enviamos. No dudes que estaremos pensando en tí.

Aún tenemos un último regalo para tí; este es un secreto. Quizá no lo sepas Oeshek, pero el nombre que uno tiene es muy importante. Es el nombre con el que vibramos ante el universo. Aquí todos tenemos los nombres que hemos elegido para nosotros mismos. Elige el tuyo con cautela o  bien hazlo al revés, el que te dicte tu súbita inspiración. Da igual el que sea. A partir de entondes todos te llamaremos por ese nombre. Tendrás un nombre para la aldea, el que tus padres eligieron para ti, y otro entre tus iguales, uno que no consta en ningún documento pero que te representará más que el que usabas hasta ahora.

Todos se despidieron de él con alegría y abrazos. Oeshek les prometió no dejar nunca de aullar, pues el que no aúlla no encuentra a su manada.

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Un viejo boludo

Todos tomamos una decisión importante en la vida, queramos o no queramos, antes o después. Todos los seres nos vemos obligados a ello, desde las mariposas “pieridae” hasta los autótrofos multicelulares.

Yo elegí morir antes de tiempo. Morí por ella. Elegí morir para que ella viviera. Porque no podía ser de otra manera. La vida es así de dura, y a veces, unos han de morir para que otros vivan.

La quería, por supuesto. Era un cariño basado en el roce diario y en la convivencia. Nos conocimos cuando ella era muy joven, año 1990. Ella había ido a Alemania, tras la caída del muro, movida por la curiosidad y las ganas de conocer la antigua Alemania del Este.

Yo era ya mayor y el frío y las condiciones en que vivía no me resultaban agradables. Decidió que me viniera con ella a España y desde entonces no nos hemos separado.

boludoAl principio, lo que era una relación de conveniencia se fue transformando en amistad y, como suele ocurrir, la amistad, en un enorme cariño.

Ella nunca tenía mucho dinero, pero siempre se las arregló para que tuviera buena comida y un techo para dormir. Siempre me cuidó tanto…

Me conoció siendo yo ya “maduro” (sólo dejo que ella me llame viejo), y aunque tengo mucha resistencia (bastante más que muchos jovencitos de hoy en día), soy algo endeble y, un golpe, por pequeño que sea, me resentía por completo. Pero ella, con la serenidad porteña que la caracteriza, me decía “tranquilo, verá cómo lo arreglamos y le dejamos hecho un pive, a vos”. Una tos, por la mañana, bastaba para que se preocupase por mí y me llavara a hacer un chequeo. “Vamos ruso (siempre me llamó así por mi origen moscovita), no es un buen momento éste para enfermar, ¿eh? lo necesito, a vos.” Y me daba una graciosa palmada en el trasero.

“Ruso”…. “viejo”…. “pelotudo”…”flaco”….Sonaba tan cariñoso cuando me lo decía ella. A veces basta , eso sólo, basta. Y yo la esperaba sólo, pasando frío, la esperaba, impasible, que terminara de trabajar para llevarla a casa. La esperaba, la llevaba, la traía…me gustaba estar con ella. Acompañarla al hospital, a sus chequeos prenatales (acaba de ser una orgullosa y redonda mamá), a la compra, al trabajo por las mañanas cuando a veces se despistaba de la hora y teníamos que correr tanto para llegar a tiempo…

Y cuando llegaban los viernes ¡ah! Ella sonreía más que nunca. Me guiñaba un ojo y con su acento argentino, me decía: “¡dale!, vamos rusito, de seguido agarro las valijas y nos vamos al campo”. Total, que cuando llegábamos deshacía las maletas y me dejaba sólo, se iba a dar paseos; se olvidaba de mí hasta el domingo por la tarde, la muy pelotuda. Pero ella sabía que me daba igual, que me hubiera ido con ella al fin del mundo. Llegado el domingo por la tarde, ella se acercaba a mí, se sentaba, fruncía el ceño en broma, y me decía “estará usted descansado, ¿no?; mirá, que ahora tenemos atasco seguro para entrar en la city, y usted se tené que portar como un hombre”. Yo rugía, de broma también. Pero en secreto, me gustaban los atascos. Ella ponía música, se colocaba, se descolocaba, gritaba “¡che, boludo!” a diestro y siniestro… y en esos momentos era cuando hablaba conmigo más que nunca; “flaco, mirá ese de ahí alante. Es guapo, no creés …pero a mí me gustás más vos. Vos sos un tipo con carácter, con personalidad. Por eso lo escogí. Cuando lo ví por primera vez., he de ser honesta, lo primero que pensé fue, caray, a este viejito no le iría mal un relavado, quién iba a quererlo así. Pero lo miré bien a vos, y me dije: bárbaro, éste es uno de esos que nunca fallan a una mina. Un clásico, un tipo elegante a su manera”.

De vez en cuando la hacía rabiar. Le escondía las llaves. Ella se volvía “reloca” buscándolas, miraba en todos los rincones, en el sitio de las llaves, y nada. Daba vueltas, se agachaba, hablaba sola “apresuraaate, pendeja, que llegás tarde de nuevo”. Mientras, yo se las volvía a poner en su lugar, donde ya había mirado cinco veces. “¡La concha de tu madre!”, “la reconcha de la rusa de tu madre”, gritaba, sin poder tener nunca la pobre la certeza de que había sido yo, quien se las había escondido.

Otras veces íbamos despacito y yo, simplemente me paraba de repente, por hacerla rabiar, como solemos hacer los viejos. Ella se alarmaba. Vaya usted a saber qué cantidad de enfermedades terminales pasarían por su cabeza; “¡no se me irá usted a morir ahora!; “mirá que me voy a enojar mucho si me muere, ¿eh?”. Yo seguía quieto y ella, paciente, como quien intuye que son cosas de viejos que quieren llamar la atención no más, me acariciaba dulcemente y me decía “intentaaaalo, dale, sólo intentaaalo…” y yo reemprendía la marcha, acompañado de sus explosivas demostraciones de gratitud y de afecto; “son duros de matar estos rusos, ¿eh chiquito? Siempre lo fueron, ustedes”. Y me daba un beso, fresco, natural, espontáneo. Eso es lo que importaba. Ella me quería, a su manera. Me quería todo lo que podía quererme y no me hubiera cambiado por ningún otro. Ni yo tenía a nadie como ella, ni ella tenía a nadie que me sustituyera. Nos necesitábamos y, a nuestro modo, nos queríamos.

Fue un cinco de julio. Todo sucedió tan deprisa que estoy seguro de que ella ni se dio cuanta de lo que pasaba. Regresábamos a la ciudad después de un duro viaje. Nuestro último viaje juntos. Habíamos ido a León. Su “familia española”, como ella llamaba a la prima lejana que la acogió al venir a España, quería conocer a su bebé. Tras seis horas de viaje en las que la criatura no paró de llorar media hora seguida, la pobre estaba molida.

Era de noche. Una noche de verano, calurosa, el aire pesado, somnoliento. El bebé, por fin se había dormido, sentado atrás, detrás del asiento del conductor.

Ella no lo vio venir, pero yo sí. Un conductor ebrio se abalanzó sobre nosotros en un cruce. Un Ford negro iba a terminar con todos nosotros. Sentí miedo como nunca antes lo había sentido. Pegué un volantazo para esquivarlo, a sabiendas de que sería lo último que hacía en mi vida. Esquivé al Ford, que venía por nuestra izquierda, directo contra ellos dos, pero por la derecha, un buzón de correos vino a estrellarse contra mí. Al principio dolió mucho, luego, mis nervios se tranquilizaron y me fui apagando poco a poco.

Cómo lloraba la pobre. Cogió a su bebé en brazos y lloraron juntos, con ese llanto que da el miedo. Ese llanto que sientes que no puedes controlar aunque quieras; pero además es que no quieres. Quieres llorar y que todo el mundo llore contigo.

Pasado un rato, pensó en mí. Me tocó. Se imaginaba lo peor, viendo mi estado, pero no quería creérselo del todo. Un policía la apartaba de mí: “señora, debe apartarse; ha tenido mucha suerte, es un milagro. Es algo inexplicable, que no le haya pasado nada ni a usted ni a su hijo”. Ella lloraba, intentaba tocarme, gritaba que no era justo, que seguro que había algo que se pudiera hacer. Desobedeciendo al policía (“maldito cana de mierda”), se acercó a mí. En cuanto me vió de cerca supo que aquello no tenía ningún arreglo. Que iba a ser una despedida. La que nunca imaginó, o mejor dicho, la que nunca quisimos imaginar. Y yo supe que a partir de entonces sería otro, cualquier otro, quien iría con ella a todas partes.

Ella me tocó, suavemente, como quien toca las alitas de una mariposa sin querer lastimarla. Recuperó la serenidad para decirme “viejito, lo siento mucho. Yo nunca lo voy a olvidar a vos. Has sido un buen auto, sí señor. El mejor de todos. No sos un boludo, sos un bólido. Te voy a echar mucho de menos. Spasiva”. Muac

Y yo me desarmé por dentro más de lo que lo estaba por fuera.

Fray Invierno

Nada más cruzar las puertas de San Pedro se acercó a mi despacho, en el Ministerio de “Reclamaciones Póstumas de Ánimas Insatisfechas”. Pensé que como todos, vendría a quejarse porque, según él, había muerto antes de tiempo; que él debería estar todavía en la tierra, que le faltaban muchas cosas por vivir… lo de siempre.

Pero no era así. Su hábito de Cartujo y su rosario reflejaban su devoción.

- Deseo que sea modificado mi nombre en el registro de ánimas, dijo el monje.

- Lo veo difícil; así consta en su lápida y en su fé de bautismo. Ese fue el nombre con el que ha tomado todos sus sacramentos hasta el último de ellos. Al menos -dije tras consultar el ordenador- eso pone en nuestra base de datos MYSQL. No obstante, si desea iniciar el proceso, debe cumplimentar y firmar estas tres instancias, y esperar tres eternidades a que se le informe de la resolución del tribunal de este Ministerio.

fraySentí curiosidad, ya que era la primera vez que me encontraba un caso así desde que expulsé a Lucifer porque me tenía frito con sus 1000 nombres, -pretendia que instalara el access para gestionarlos-.

-¿Cual es el motivo de repudiar su propio nombre, Fray Invierno?.

-Verá usted; de bebé fui abandonado a las puertas del Monasterio. Los monjes me adoptaron y escogieron ese nombre por ser la época del año en que me recogieron; pero no me siento para nada identificado con él. La verdad es que no anduvieron  muy certeros. Aquellos hombres de clausura no conocían ninguna hembra -salvo sus gallinas, a las que por cierto no me asemejo-. Dedujeron por tanto que ese bebé había logrado escapar de las garras del maligno, perdiendo en aquella batalla su diminuto apéndice. Así crecí con ellos; sin barba, con extrañas protuberancias en mi ser, y con notables diferencias con mis hermanos.

Estas diferencias me mantuvieron siempre preocupado, pues intuía en mi cuerpo un prodigio, más que una herida de guerra. De camino al cielo expuse mi preocupación a los ángeles, pero claro está, ellos no supieron responderme. Fue al encontrarme frente a Dios y verle semejante a mí, cuando comprendí que mi supuesta amorfidad era en realidad herencia de ella, la Gran Creadora.

Así pues, solicito que mi nombre sea cambiado a “Primavera”. Mis argumentos son sólidos: yo traje al convento la alegría, la creatividad, las sonrisas sin saber porqué. Los cánticos de los monjes son ahora más inspirados que nunca y la huerta, que conocí desértica, es ahora un vergel. Además, ¿por qué motivo alguien llamado invierno iba a estar siempre muerto de frío?.

No puedo continuar con un nombre que no me corresponde. Ya he vivido cuarenta años encerrada en un sexo que no era el mío.

-Enseguida cogí un sello y con tiento estampé en su solicitud: “URGENTE”.


Vergüenza

De pequeño, cuando dejamos Turón para vivir en Madrid, sentí vergüenza de mi abuelo. El viejo nunca asumió dejar aquellos montes para irse a vivir a una colmena; así llamaba a los altos edificios de pequeños horizontes, habitados sólo de noche.

Mi abuelo amaba su pueblo pero sobre todo amaba la tierra que pisamos, la que engendra vida, la que precisa cuidados. La naturaleza.

verguenzaPor las tardes, cuando volvía de clase, lo encontraba con la azada cavando en la calle, en el escaso perímetro de tierra que no permite que los árboles se ahoguen en las ciudades. Risas de mis amigos urbanitas. Vergüenza de un niño exiliado.

Mi abuelo, huérfano de tierra en Madrid, un año después moría de tristeza, regresando por fin a Villandio.

Ahora, veinte años después, he visto a mi hijo jugar con su rastrillo en el mismo árbol; y he sentido vergüenza de mí mismo por ser ésta la única tierra que le dejaré en herencia.

Adagio

La peluca bien puesta, las pieles recién lustradas, los zapatos a estrenar. Nada diferenciaba a Doña Rosita del resto de ricachonas que colaboraban anualmente en el Rastrillo de Nuevo Futuro.

Planeó hasta el perfume que se pondría aquel día. Las joyas también: las justas. Si bien el evento estaba destinado a recaudar dinero para los pobres, cuando perteneces a cierta clase social no puedes prescindir del oro ni del qué dirán antes de salir de casa. Volvió a su mansión de Conde Rodezno -aún a sabiendas de que llegaría tarde- porque se le había olvidado cepillarse los dientes. Todo en ella debía deslumbrar, y su nueva dentadura, implantada con titanio a sus débiles encías -herencia de una familia pobre-, no debía revelar lo podrida que se sentía por dentro.

Mauricio hubo de esmerarse en la conducción para robar unos segundos a chronos y que su señora no llegase tarde al día más especial del año. Una impecable azafata la recogió a pie de calle y la acompañó al pabellón 9A en el que se ubicaba su stand.

rosita Cierto mareo la turbó al incorporarse a su puesto. En un rápido gesto,    comprobó ante su espejito de mano que todo, hasta su estudiada sonrisa, estaba perfecto.

Comenzó la inauguración. Reverencia ante Su Majestad la Reina, presidenta de honor del Comité Organizador. Repitió, como hacía año tras año, los rituales obligados de las damas de la alta sociedad. Besó a una y a otra, sin posar sus labios en sus carnes. Repitió hasta la saciedad lo guapas que estaban todas; presentó a la nueva al resto; preguntó a Doña Margarita qué tal le iba en su nueva mansión, y comentó hasta la ridiculez lo difícil que es encontrar una buena sirvienta en estos tiempos que corren.

Doña Rosita palideció cuando supo que el mejor pianista del país -un gitano-, iba a interpretar a Chopin. Hacía cuarenta y tres años que el piano de su casa había enmudecido, asesinado por ella misma sin causa aparente, sus cuerdas cortadas con un cortaúñas, una a una, sin compasión.

-Aquí huele a pobre, dijo.

Y se retiró al baño a aliviarse las arcadas. Pero no era su estómago, sino su corazón, quien se revelaba. Notaba cómo subían a la boca sus pecados más íntimos; aquellos que no conocía ni su sacerdote. Casi podía masticarlos. Intentó vomitar, como hacía antaño, pero una vez perdido el hábito le resultó imposible. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez le traicionó. Lo que vio era una caricatura de sí misma. Pintarrajeada y envuelta en celofán, sólo ella podía ver que ocultaba un alma en descomposición.

Adherida a su carne, justo debajo de la ilustre insignia de la Cruz Roja, traslucía la putrefacción de sus actos pasados. Sintió pánico de delatarse. Se descalzó y salió corriendo del pabellón, no sin antes haber robado las partituras del pianista.

Descalza, en un banco de la calle, escondió entre los cinco renglones del pentagrama los pecados que la asediaban. Schubert, Chopin y Schumann fueron testamentarios de sus idilios con un joven pianista anarquista, al que rompió el corazón para casarse con un viejo ricachón fascista que le proporcionó todo lo que ahora tiene: celofán.

En un adagio ma non troppo describió cómo llevó a la locura al pianista, que acabó su sufrimiento ahorcándose con las cuerdas de su piano al saber que ella había asesinado al hijo que ambos, ilusionados, esperaban. Debussy supo, sin haberlo querido nunca, cómo ella hubiese delatado sin pudor su escondrijo si él mismo no hubiera puesto fin a su sinfonía.

El abrigo y el broche le quemaban. Se quitó la peluca como los hombres se quitan el sombrero en misa, para mostrarse ante el mundo tal y como es. Semidesnuda, habiendo encarado su pasado, ya no sentía náuseas. Pero no era suficiente para deshacerse del lastre que la acompañaba desde su juventud.

En una mesa improvisada con cartones, con unas viandas que ella misma compró, preparó amorosamente unos bocadillos que, envueltos en las partituras manuscritas, regaló a todos los necesitados que encontró.

Allí, semidesnuda, disfrutando de la compañía de los que bien pudieran haber sido sus vecinos o sus familiares, permaneció doce horas. Las mejores horas que había pasado hacía mucho tiempo. Sólo le quedaban tres bocadillos por regalar cuando apareció su hijo mayor -alertado por el personal de seguridad del evento- y la sacó de allí en representación de todos sus hijos; los hijos del puro humeante, el dinero, y el celofán.

Sin saberlo, había caído en su propia trampa. Había proporcionado a sus vástagos la excusa perfecta. Encerrarían a mamá y, alegando demencia senil, cobrarían la herencia quince años antes de lo esperado.

Diario de a bordo

DIARIO DE A BORDO

18 de agosto de 2006

Yo te di huesos de palomas pequeñas; pequeñas, como nuestro hijo muerto.

Los dos locos, cegados, quemados por el sol de la vida.

Conjurando la muerte, deseando ser un dios que rescatara al otro, al que veíamos caer, porque uno nunca se ve caer a sí mismo como ve caer a los demás.

Mirándonos, escrutándonos; lamía tus lágrimas loco de sed, de sed de ti. Hacía tanto que no nos tocábamos…

Tú me diste los remos, no podías, no querías encontrar el camino entre las aguas oscuras.

Naufragio de maternidad interrumpida, nuestro bote a la deriva.

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EL DIARIO DE GERONA

24 de agosto de 2006

Desde 1982 la guardia costera de Girona entrena palomas para que descubran los chalecos salvavidas de los naufragios que para el ojo humano resultan invisibles desde el aire a cierta distancia. Una vez descubierto, las palomas pican sobre un botón para dar la alarma. Los radares descubren únicamente el 40% de los supervivientes, frente a un 90% de las palomas.

Lamentablemente, esta madrugada la guardia costera ha descubierto gracias a los radares, una lancha de salvamento con tres cadáveres abrazados a bordo. Los náufragos, muertos por deshidratación, en su desesperación se habían alimentado de las palomas que podían haberlos rescatado.

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