Tras varios meses de adoración religiosa hacia mi vaca Lola -influenciada por mi reciente viaje a la India-, sin notar ningún resultado en mi desarrollo personal y menos aún descubrir el sentido de la vida; y habiendo resultado sin embargo en una progresiva disminución de la producción láctea de Lola -debido probablemente al síndrome de diva que le causó tanta admiración y postración-; rehice mis maletas, me vestí de señorita y volví a la ciudad, en busca de alguna solución para ambas (y es que si seguía así me salía muy caro dedicar mi vida a la res).
Tras comentarle al lechero la causa del descenso de la productividad de mi cuadrúpedo (a pesar de que a estas alturas dudaba ya de quien pertenecía a quien) me dio como única solución consultar con un pastor –experto donde los haya en cuestiones metafísicas, dijo- que me guiaría por el buen camino. No me pareció mala idea pues estos profesionales dedican su vida a la fauna rural. Me puse en marcha en ese mismo momento, ya que sólo vivía a dos manzanas de allí.
-¿Seguro que le encontraré en casa?, mire que esa gente se pasa la vida de contemplación por esos mundos de dios…
-Sí, tranquila. Si no está en casa estará en la iglesia.
Vale que a pesar de vivir en la montaña estoy muy modernizada, y que había oído hablar de internet, del teletrabajo y de los freelancers. Pero nunca se me había ocurrido que un pastor, esclavo de las idas y venidas de su ganado, pudiera trabajar desde su propia casa.
Claro que ahora hay muchas modernidades y cada animal lleva un microchip en la oreja, por lo que seguramente y sin que los profanos tengamos conocimiento de ello, la profesión habrá evolucionado a una especie de controlador aéreo que teledirige las reses por los campos.
No debe de ser un mal trabajo, porque su casa no estaba nada mal -especialmente si la comparamos con mi refugio montuno- y hasta tenía una criada que salió a recibirme, en uniforme negro y blanco.
-¿Qué desea usted?
-Verá, quería hablar con el experto en pascicultura, si es que no está muy atareado teledirigiendo las ovejas.
-¿Cómo dice usted?
-Perdón, con el Señor Técnico en Pastoreo.
-¿El Pastor?
No tuve que esperar mucho y enseguida apareció aquel que iba a guiarme por las cañadas reales de la vida espiritual. Todo lo contrario a la imagen que esperaba; parecía un pastor jolibudiense, todo afeitado y repeinado como iba; ni el más mínimo rastro de deje pueblerino en su taimada voz.
Por cortesía, tras presentarme, le expresé mi interés por su trabajo y por la dificultad añadida de la distancia física del rebaño.
-Sí hija mía, sí. No lo sabes tú bien. Hace años todos venían a verme, a consultarme. Ahora todo lo contrario, ya nadie se acerca por aquí, salvo los ancianos, clientes habituales.
-También está el problema de si alguna oveja se pierde o se mete por un camino equivocado…
-Sí, sí, hija; para mí es una preocupación constante, y tanto más cuanto que los senderos son cada vez más equívocos en estos tiempos que corren.
-Señor Técnico, ¿cómo aprendió usted su oficio? ¿también a distancia? ¿la UNED, cursos CCC?. Porque antes, cualquiera que se hubiera criado en el campo se hacía pastor, pero ahora, con tanta tecnificación, chips, pantallitas, geolocalización por gps…debe de ser difícil el telepastoreo.
-Lo mío es por inspiración divina, no se equivoque usted señorita. Ahora comparta sus preocupaciones conmigo. ¿Desea que escuche su confesión?.
-De eso nada oiga, no se equivoque, que yo no ke he robado nada (no se por qué siempre que bajo a la ciudad me toman por pordiosera). Yo vengo aquí por un problema de Lola.
-La historia de siempre, ya sé. Va a contarme algo que le ha ocurrido a una amiga suya pero desde luego no a usted. Como veo que esto va para largo, permítame que antes inicie el oficio de las 12h. Es mi deber aunque hoy sea usted el único fiel.
La verdad es que fiel sí que soy, y esta observación sobre mi persona me bastó para creer en las dotes de este señor. Y comenzó un extraño discurso, en el que continuamente me hacía levantarme y sentarme, igual que una vez que acudí de público a telecinco.
-”Este es el cordero de Dios, que quita los pecados del mundo…” pronunció solemnemente en un momento dado.
Esa frase debía de ser clave en mi terapia, pues tras pronunciarla su criada me pasó un cestillo en el que debía depositar unas monedas en justo pago por sus servicios.
Esa era la solución. Había estado adorando una vaca cuando en realidad, a quien había que adorar era a un cordero. Cordero que imagino que sería el de Norit, para quitar tanta mancha.
Y como quiera que me apenara separar al lechal de su madre, consulté con el pastor, quien me informó de que era un único pack el cordero, su madre, el padre de ambos (que además resultó ser mi padre, al que creía muy lejos de la zoofilia) e incluso una paloma que debía de ser una paloma mensajera porque si no no le veo la utilidad –y ya se sabe que los pastores, por su origen rural no hacen nada si no tiene una finalidad concreta-.
Así que me los llevé todos. Con tantos bichos en casa, no sabía qué hacer con Lola, pero entre el cariño que le tenía y que el pastor no dejaba de afirmar que era un becerro de oro, no podía de ninguna manera prescindir de mi tesoro; con o sin leche.
Primer rezo en casa, problema protocolario. Según marcaba el librito del pastor, por encima de todo debía adorar a mi padre; pero había fallecido hacía dos años y desde que supe de sus escarceos con la fauna local, me había decepcionado sobremanera. El siguiente en rango no estaba claro si era el cordero o la paloma; pero como quiera que el primero no soltaba la teta de su madre ni para atrás, y que la mensajera decidió cagarme en la cabeza (peculiar modo de entregarme una comunicación), me arrodillé ante la oveja.
Estaba yo en plena meditación transcendental cuando decidió la señora lanar pegarme un balido en todo el oído; lo cual ya no me quedaba claro si significaba que la lengua se le iba a prender fuego como en una de las ilustraciones del libro, o que tenía hambre.
Desconozco que es lo que comen las ovejas, pero sí que sabía que su alimentación no era competencia mía pues su hijito tiene la habilidad de multiplicar los alimentos, en especial el pan y el pescado, según el manual.
Vegetariana desde la India, sólo le podía proporcionar pan, pero algún conflicto alimenticio debía de haber porque mi pan no era ácido, como decía el pastor, sino un delicioso pan casero de centeno que no produjo el resultado esperado.
A todo esto, Lola, habituada a ser el único objeto de mi atención, en justa protesta comenzó a comerse la chaqueta de lana que acaba de tejer; la paloma acostumbrada a vivir en libertad no dejaba de revolotear, y en esa casa había tal jaleo que no había quien aguantara (y eso por no hablar del olor que la sacra fauna desprendía).
Abrí la puerta y salieron mis tres hermanastros y Lola, sin importarles lo más mínimo mi entereza espiritual. La casa quedó vacía y tranquila, a la par que lo hizo mi alma.
Y fue así; sola y sin tener que doblar el espinazo ante nadie, como encontré la paz que tanto ansiaba.