Por empezar que no quede, me dijo Anna animándome a abrirme una cuenta en Facebook. Y así lo hice. Para entrar hay que abrirse una ficha como la de la biblioteca, pero con muchos más datos todavía.
Mi nombre es demasiado corriente, había miles de Leticias, así que en un alarde de imaginación me puse Letizia con z de zapatero.
Profesión: periodista; edad: me la callo; situación sentimental: divorciada. Bueno, mejor pongo que estoy libre que nunca se sabe dónde puede una encontrar a su príncipe azul.
Consentí en dar acceso a mi cuenta de correo al programa -acceso que no daría ni a mi madre- para que hurgase en mi agenda de contactos y ver si éstos estaban registrados en facebook.
Así pude reencontrarme con gente de la que hacía años que no sabía nada.
Aquello fue como si hubiese muerto y llegado al cielo, donde te reencuentras con todos tus conocidos (también muertos), y retomas la relación tal y como la dejaste, muchos años antes de morir. Y así dediqué una pequeña eternidad a ponerme al corriente de las últimas andanzas de todos aquellos que para mí habían fallecido.
Ellos sabían de mí por la tele. Me consta que mi programa de informativos apenas lo ve nadie, pero milagrosamente todos ellos dicen verlo a diario.
Si facebook es como el cielo de los cristianos, allí salir en la tele es ser un arcángel; todo el mundo te hace la pelota e incluso tienes tu club de fans.
Pero eso no es lo peor; los regalos que te hacen estas ánimas no se pueden tocar, oler, ni comer. Por lo tanto, cada día aparecía en mi face-cuenta, una caña que me enviaba aquel compañero de universidad, una planta gentileza de la que fue vecina hace 10 años, un pincho de tortilla del ex-novio de una prima… inútil intentar canjearlo en el corte ingles por algo mundano. Así que aprendí a alimentar mi ego con estos bocetos ya que los porcentajes de share en mi trabajo desde luego no lo hacían.
Sin duda y a diferencia del cielo, lo mejor de facebook son los tests. Hay tests de todo tipo: ¿qué personaje de la serie Friends serías?, ¿qué tipo de Barbie serías? ¿eres friki? ¿qué súper-héroe serías?. El test ¿cómo es tu casa ideal? fue el primero de muchos, pues me enganché a ese banal divertimento.
Llegó a tal punto mi adicción que incluso los hacía en directo, mientras hablaba Alfredo, el superaburrido co-presentador que me habían puesto. Ah no, espera, ahora recuerdo que en realidad era mi jefe.
Pero hubo un test que me marcó, y que cambió mi vida; ¿cual es tu profesión ideal? Lo hice en el water, completamente segura de que saldría PERIODISTA, aunque no sin cierto miedo de leer reportera del corazón.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando leí la respuesta: PRINCESA.
Puesto que en el país había precisamente entonces una vacante, lo reflexioné seriamente y decidí prepararme para las oposiciones a Princesa. El temario era duro, las candidatas miles (incluyendo algunas europeas de sangre real) y tan sólo quedaban unos pocos meses para el examen.
Leí y releí las bases de la convocatoria cien veces, hasta asegurarme de que por ningún lado pusiera que se excluyera a las candidatas que ya hubieran contraído nupcias. Bien mirado, si los príncipes heredan coronas, tronos, joyas y estados que ya han usado otros antes, ¿por qué no les iba a servir una esposa que ya hubiera llevado otra alianza?.
La asignatura de geografía, la de lectura de discursos con sonrisa falsa y la de conocimientos políticos y guerras emergentes las tenía controladas por mi trabajo. Debía prepararme bien la ortografía pues ya se sabe que no es el punto fuerte de los periodistas.
Por otro lado me sorprendió que con dominar una lengua extranjera bastara, pero ya se sabe que en nuestro país no se otorga la debida importancia a los idiomas, así que repasé mi inglés un poco por encima (tampoco era plan hacerle quedal mal a mi futuro suegro).
El verdadero problema lo tenía con la asignatura de protocolo. Y es que no es tan fácil como parece. Para saber dónde tengo que ponerme en cada momento, debo tener en cuenta no sólo dónde está el príncipe, sino también dónde están sus padres, los invitados (y esto es un mundo pues depende mucho del rango que tengan) y la prensa.
Al ajedrez no había jugado nunca, y estos movimientos estratégicos los tenía bien atragantados. Tan pronto era reina como peón, en función de a quién tuviera a un lado, al otro o enfrente. A punto estuve de renunciar; estudiaba por las noches después de trabajar, y el libro de protocolo oficialy sus reales decretos habían recogido más de una vez mis babas mientras soñaba, quizás con mi príncipe azul, a sabiendas de que él no soñaba conmigo pues aún no conocía a la ganadora del concurso oposición al cuerpo real (y nunca mejor dicho).
Quedaba un día para el examen y decidí que lo del protocolo sencillamente no iba con mi forma de ser. Me habían educado para mirar al de enfrente como algo más que un termómetro de referencia de mi status. Así que no me quedó más remedio que hacerme una chuleta.
El examen, vigilado por la guardia real, el cuerpo nacional de policía y el ejército de tierra, se realizó en el palacio de la zarzuela. Éramos tantos miles de candidatas, que ni ocupando los pasillos cabíamos, por lo que las hileras de pupitres se extendían hasta los jardines reales, daban varias vueltas a la manzana y seguían hasta la caseta del perro real. Por suerte éramos tantas que el cuerpo entero de seguridad no daba a basto para vigilar a todas, y pude sacar mi chuleta para responder a la pregunta del besamanos, a la del banquete en mesa imperial, a la del día de las fuerzas armadas, y a la del premio Príncipe de Asturias; respondiendo correctamente sobre mi ubicación en cada caso.
Dos meses después terminaron de computar los resultados y para mi sorpresa quedé en segundo lugar. Pero como fui a la revisión del examen, conseguí que me subieran la nota al informarles de que a pesar de residir en Madrid, mi origen era asturiano, lo cual es muy marketeable.
Tras recibir por sms la confirmación de plaza, se me requirió para una reunión en palacio. No había alfombra roja para mí, plebeya de nacimiento. Todavía no había adquirido tal derecho.
Me había dado un baño de dos horas y me había preparado a conciencia para conocer a mi futura media naranja, pero en su lugar apareció el Nuncio; quien sin más explicaciones me llevó a la clínica Rubens. El último paso -me explicó- era pasar una revisión médica, como en tantos trabajos, que acreditase que mi condición física era aceptable para el puesto; lo que incluyó una revisión ginecológica a fondo y una prueba de fertilidad.
Exhausta, sorprendida y dolorida quise volver a mi casa, pero no se me permitió. Enviaron a un paje para recoger mis cosas y supe que jamás volvería a la tele, al menos no como periodista. Mi vida cambió de pronto, como cambió la numeración de mi DNI.
Al día siguiente anunciaron el compromiso y me entregaron un cronograma de los próximos meses. Un guión de lo que iba a ser mi vida día a día, incluyendo la fecha de mi última píldora anticonceptiva, los escasos dos días en que iba a poder recibir a mi familia en palacio, el único día que iba a poder ir de compras a un centro comercial y la fecha en que se consideraba oportuno que quedara embarazada.
Mi cuenta de facebook habia desaparecido como por arte de magia; el único vestido de boda que luciría en mi vida había sido elegido por un extraño; y el que iba a ser mi marido se refería a mí como la consuerte en lugar de la consorte.
Aprendí que desde entonces, aunque estuviera muerta de sed en un pueblo de Extremadura, no podría beber de la fuente del pueblo; tendría que sonreír y esperar al vino de honor.
Después de todo esto, casi ni me dolió saber que, el derecho fundamental por el que mis antepasadas asturianas habían luchado, me había sido usurpado. Me habían prohibido votar hasta los vídeos de youtube.
Desde entonces, entre embarazo y embarazo, y visita oficial a aldeas y puebluchos (el príncipe no me saca del país ni para la luna de miel), añoro mi vida de maniquí televisivo; pues la pose se restringía a tan sólo 10 horas semanales.
———————————Para Anna, que me regaló la frase de inicio y la pregunta de si alguna vez soñé con ser princesa———–
ya era hora de leerte de nuevo tras meses de sequía! lo que nos gustaría es no dar abasto, ya que escribes de pm (princessa mediática)