-No recomendado para niños-
Relato inspirado en la noticia: http://tinyurl.com/ad9qpy
A woman carved her name into her lover’s arm as he slept at her home after a drunken fling, a court heard.
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“I´ve got you under my skin”.
Chica, no me digas por qué pero lo vi igualito a Beckham. No sé si sería por la luz de la disco, o por el mojito, pero me quedé epatada. Y el caso es que el tío me miraba, y yo le respondía, con cara de embobada. Cuando me di brillo en los labios, captó la indirecta y se me acercó. Conforme avanzaba, sus ojos azules me hipnotizaban, y sólo deseaba que me besara; así, de repente, sin presentaciones, sin invitaciones, sin alardes absurdos. Sólo cerrar los ojos y sentir esa nubecita húmeda que tendría por labios.
Pero no fue así para nada. Comenzó con el típico ¿cómo te llamas? Dominique. Yo Wayne. Sí, como el cowboy americano, y -esto le resultó gracioso al mojito que había en mí- empezó a hacer el tonto, a quitarse un imaginado sombrero de vaquero, a tirarme el lazo y a jugar con su pistola. Y yo, deseando morder su oreja.
Con la siguiente copa todo cambió. Al más puro estilo inglés intentaba cortejarme ofreciéndome de su whisky (porque ni se molestó en pedir algo para mí), arrimándose poco a poco -más por el efecto del alcohol que por una improvisada sensualidad-, hablándome de su trabajo, del tiempo y del fútbol. Dudaba entre inmovilizar con un O Soto Gari el codo con el que disimuladamente me tocaba un pecho, o tirarme a sus brazos. Opté por esto último, creo que más bien para que se callara. A pesar de todo, por entonces seguía convencida de que me ocurriría como a tí con Jules, ¿te acuerdas, al pincipio, que era de lo más ridículo? El pobre estaba muerto de la vergüenza y no sabía como comportarse contigo.
Despacito, le puse la mano en la nuca, le acaricié, le besé suavecito, y lentamente recorrí sus labios, de un extremo a otro con la puntita de mi lengua. Me pegué a él, esperando sentir un abultado pantalón a la altura de mi monte de venus. Él se desasió y prefirió pedirse otra copa. Te lo juro, es la última vez que me lío con un inglés, Marie; prepárate a salir por los baretos de salsa.
Cada vez se parecía menos a Beckham. Gasté el poco dinero que me quedaba en mojitos, y dejé de reírle las gracias y de fingir que me interesaba el jodido fútbol. Me dediqué a sobarlo; ahora no sabría decirte si por esa costumbre mía de besar ranas o por ver si el tío volvía a soltarse de mí -un reto personal mío y de mi mojito-. Esta vez no se soltó, pero no paraba de hablar. Cada dos por tres volvía a preguntarme mi nombre y llegó a decirme que qué guay que tuviera un nombre tan original porque nunca se había acostado con una Dominique. Le pedí otro whisky mientras decidía si me lo llevaba puesto o lo devolvía con sus amigos.
Esta copa, la quinta desde que estaba conmigo, le había puesto a tono, y ahora me susurraba las cosas que me haría si pasaba la noche con él. Con los dedos, dibujó un corazón donde la espalda pierde su nombre y albergue nuevas esperanzas. Con mis dedos, escribí mi nombre en su espalda, porque había vuelto a preguntármelo. Viendo que el índice y el corazón le funcionaban correctamente (puesto que dudaba que lograse satisfacerme por otros medios), decidí darle crédito al resto de su mano y llevármelo a casa. Se despidió de sus amigos presentándome como Domain-ique; supongo que soy la primera francesa que conoce y que, como el resto de ingleses, no considera que existan más idiomas que el suyo, por tanto para qué molestarse en pronunciarlo bien.
Subiendo las escaleras de mi apartamento me besó en cada escalón. Seguía sin poder pronunciar mi nombre, quizás fuera el efecto del alcohol. Fuimos directos a mi dormitorio. El placer que me proporcionó, escaso. Su aliento apestaba a alcohol. Su sudor pegajoso y denso llovía sobre mí. Se esforzaba en vano en entrar en mí y muy poco en beber de mi copa, cada vez más seca. Inesperadamente comenzó a sacudirse de placer, mientras gemía muy alto el nombre de otra, una tal Alice. Al terminar cayó dormido. Roncaba como un cerdo. Inútil decirle que me debía un orgasmo, que me lo devolviera. En sueños, me acogió a su lado murmurando Alice, Alice, mientras me abrazaba. Quise echarlo de mi cama pero pesaba demasiado. Mi mojito me murmuraba que algo había que hacer.
Verás cómo recuerdas mi nombre ahora, cowboy-capullo; y recorté en su piel mi nombre, Dominique. Para él había dejado de ser una Dominique cualquiera, para ser la Dominique que no iba a olvidar.

y eso que ibas a estar tres semanas sin producir !
menos mal que no te hicimos caso y que venimos cada día!
Dominique-nique-nique…. menos mal que no le dio por grabárselo en otro sitio… se levanta por la mañana y lee DOE.. hasta que se “para”.
En fin, muy divertido el relato… en tu línea… ánimo y a ver cuando ganas algún premio gordo y me sacas del arroyo!!