Entré, abrí la puerta y allí estaba…. todo marroncete claro, con el aura del descanso grabada en su ser. Era el sofá mágico de Rafa, mi vecino; me apresuré rápidamente a recostarme en él y todo fue muy rápido, los sueños fueron entrando en mi cabeza.
Y soñé y soñé. Soñé con Yesaida, argentina en tierras extrañas, que cuando reunía unas moneditas cogía el bus de la línea 20 y viajaba hasta el aeropuerto para ver los aviones despegar, mientras se imaginaba de regreso a casa. Incluso portaba su valijita vacía, la misma que la acompañó en su partida. Ya eran siete años sin ver a los suyos, sin ni siquiera haber podido ir al entierro de su madrina. Sentí su dolor, tanto, que estuve cerca de despertar. Entonces, su pena, al verse compartida, dejó de marcarla, para que pudiera ser libre.
En sueños conocí también a Adrián. Adrián me retuvo varias horas. Y es que él mismo pasaba más horas dormido que despierto. Sentí su miedo a despertar cada día, deseando un trasplante que nunca llegaba, su miedo a abrir los ojos y ver a su mamá llorando de impotencia, y su propio brazo anclado a la cama por unos tubos transparentes más esclavizadores que el acero. A punto estuve de caerme del sofá, tratando de desasirme. Con las horas, Adrián se dio cuenta de que no debía retenerme más, pues había muchos otros a los que debía ayudar. Ya no estaba solo, a través de mí conoció la pena de muchos otros y dejó de tener miedo.
Tantos pesares ajenos pasaron por mis sueños, que los propios parecían nimios. Y así estuve tres días y tres noches, hasta que hube soñado todos los sueños de cuantos habían compartido aquel sofá. Allí dejé mi pena, más pequeñita que cuando llegué, porque comprendí que mis pesares no eran importantes comparando con todo aquello que viví. Allí la dejé para que Rafa la durmiese, la acariciase y le dijera que todo iba a ir bien.
El sofá mágico de Rafa
27 enero 2009 por munddana