La primera frase del relato, en cursiva, me la regalo un lector del blog a través del apartado “participa” para que con ella hiciera un cuento.
La zanja era de dos por uno. Contando con la profundidad, debían de ser ocho toneladas y media de tierra, al lado, las que aplastaban las palas. El museo Thyssen, mi museo, parecía insignificante al lado de semejante escombrera organizada por el ayuntamiento de Madrid para la ampliación de la vía pública. Los turistas huían, prestos a refugiarse en el Prado, donde quedaban a salvo de la polvareda y el ruido que envolvían mi soberbia pinacoteca. Al entrar, la taquillera pretendía cobrarme a mí -¡a mí, vicepresidenta de la Fundación que la da de comer!-, con el pretexto de que llevábamos dos días sin vender una entrada.
En el interior, el aspecto era desolador, especialmente en la planta baja. Los lienzos y esculturas estaban llenos de polvo, de tierra, de hojas secas. El aire era denso, la luz tenue; todas las ventanas se habían cerrado para evitar -inútilmente- que entrase más polvo. Conforme caminaba, la estela de mis Manolos delataban mi rumbo con precisión. Tan sólo se oía el sonido de mis tacones. Me dirigí a las escaleras, para echar una buena reprimenda al personal por descuidar la vigilancia de la sala. Un toque en la espalda me sobresaltó.
-Mire señorita, a ver si se cree usted que yo me he recorrido 3000 kilometros para acabar así.
Era el mismísimo Rembrandt, saliendo de su autorretrato. Se había retirado el sombrero para hablarme y entonces pude ver sus enormes orejas, que hasta entonces, tantas veces observado, solo intuía.
- A mí me pareció bien lo de venir a España; tapitas, sol y playa… pero de esto no habíamos hablado, no. Estas no son condiciones para alguien de mi categoría. Estoy muy ofendido. Su difunto esposo que en paz descanse no hubiera consentido esto.
Al escuchar la queja de Rembrandt, Hércules dejó a las doncellas de Onfalia para acercarse a apoyar a su vecino. Lo mismo me hizo saber el cocinero de George Washington, aunque hubiera jurado que en el cuadro no llevaba un cuchillo en la mano.
Fernando VII, que todavía se cree Rey de España, sin soltar su capa y señalándome con el cetro, amenazó con montarme una revolución si no solucionaba el tema. Como siempre ocurre entre los de sangre azul, con el pretexto de que el museo estaba regido por una vulgar plebeya (quien se ha creído) se alió con el Duque de Brabante, Catalina de Aragón, y Ana de Hungría, quienes hubieron de soltarse el corpiño para ponerse a gritar: ¡NO A LA TALA! ¡NO A LA TALA!; y es que, -no lo sabía y en realidad me importaba un bledo-, los árboles que estaban retirando de la calzada habían sido plantados por el abuelo de Fernando, Carlos III.
Retractándose de su famoso “vísteme despacio que tengo prisa”, el muy… deseado hijo de su madre, se fue directo a soliviantar a los argonautas, a San Jenaro, a Venus y a Marte (quienes no le hicieron caso porque estaban ocupados con otro polvo) y hasta a los componentes de la bacanal de Carpioni.
Si ya se lo decía yo al Barón: más bodegones, Hans, más paisajes. Y él no, hala, a meter toda esta gente en casa. Que si Durero, Caravaggio, Rubens, Van Gogh, Gauguin ….
A todos ellos ha conseguido, en menos de media hora, sublevar Fernando VII. Si es que se me han amotinado hasta la mismísima Virgen de la Humildad y toda la corte celestial.
Y entonces, un segundo antes de despertar -justo antes de ser devorada por dos feroces tigres saliendo de las tragaderas de un pez- la abeja que volaba alrededor de una granada me sacó del duermevela.
Me puse mi pamela blanca mandé a Mauricio a comprarme una cadena a donde sea que se venden las cadenas; mi gabinete se ocupó de convocar a la prensa; y yo, me di un baño de multitudes gritando ante las cámaras el dichoso ¡NO A LA TALA!. Y ya les dije, que si no paran las obras me traigo la tartera y me encadeno a un árbol, pero que de aquí no me mueven, que tengo mas miedo a Fernando VII que a Ruiz-Gallardón.

gran alegría ver que cumples tu palabra, sin dilatarte.
escribiendo el viejo boludo, manejas la jerga porteña; cuando hablas en primera persona desde madrid, te introduces en el laísmo. cuando escribas sobre personajes del campo les haras hablar con el “kiá” y les haras andar en tchactor ?
gracias y dos besos