Nota de la autora: este cuento, regalo de Reyes para Mundano, incluía dos obsequios en dos paquetitos, con instrucciones de no abrirlos hasta que el cuento lo indicase. No he querido quitar dichas instruciones, que figuran en cursiva hacia el final del mismo.
sonido: rbh tunber storm.wav (pulsa con el boton dcho del raton y abre el enlace en otra página)

Nadie sabe cúal fue el motivo que impulsó al joven Oeshek a aventurarse por la senda prohibida – el camino de los piratas, como lo llamaban en la aldea-. Unos lo achacaron a su extravagancia, pues Oeshek no era como los demás mozos del pueblo. Otros lo atribuyeron a su ceguera, pues nunca había tenido buena vista y se hallaba condenado de por vida a portar unas gruesas lentes -síntoma del que en secreto se sentía orgulloso, pues sabía que era debido a que desde chiquitito siempre había querido mirar más allá, mucho más que lo que correspondía a su edad-.
El caso es que aquella noche del 5 de enero, cuando el resto del poblado dormía obedientemente en la ansiosa espera de los regalos de Reyes, Oeshek cogió sus calcetines de la chimenea, anudó su extensa cabellera, se puso sus botas más cálidas y tomó su arco; decidido a adentrarse en la senda prohibida, sin saber muy bien por qué. Llevaba años deseando hacerlo, pero nunca hasta ahora se lo había propuesto en serio.
El camino estaba oscuro, al igual que el pueblo. Al principio sintió mucho miedo. No había un motivo, no temía a algo en concreto. Pero las leyendas que había escuchado desde su niñez sobre lo que allí acontecía le hacían temer no sólo por su supervivencia, sino también por el destino de su alma. Sin embargo, haciendo caso a su instinto, siguió por aquel camino, sin detenerse, sin prestar atención a sus temores; temores heredados.
Conforme caminaba, el camino se hacía cada vez más y más incómodo. No había manera de sortear todas las zarzas, zanjas, espinos y ortigas que plagaban la senda, y que le causaron algunas heridas superficiales. Cada paso que daba era más difícil que el anterior. Daba la impresión de que hubieran sido puestas allí adrede, para disuadir a aquél que no estuviera realmente interesado en continuar.
Después de una mala caída, Oeshek estuvo tentado de dar la vuelta y regresar al pueblo. Acostarse, olvidar todo aquello y dormir con la única preocupación de hacer cábalas sobre los regalos que, desde Oriente, alguien había preparado para él.
Por suerte o por instinto, el caso es que Oeshek tuvo la gran suerte de evitar la tentación de mirar atrás. Y es que, aunque él no lo sabe, el camino prohibido es mas fácil de desandar que de recorrer. Aquellos tramos que le ha llevado rato sortear, se recorren en segundos en dirección contraria. Aquellos espinos, aquellas zanjas que ha ido superando, desaparecen cuando uno quiere volver atrás. El regreso al pueblo es mucho más fácil de lo que cualquiera hubiera imaginado. Probablemente si los aldeanos hubieran sabido esto, se hubieran aventurado a recorrerlo más a menudo.
Oeshek, todavía en el suelo tras la caída, se detuvo a observar el paisaje. Realmente era desagradable, sí. Pero no más desagradable que el de su aldea, sino diferente. Ahora, al compararlos, su pueblo no le parecía tan acogedor. Tampoco la senda de los piratas estaba regida por los monstruos que le habían descrito. Esto incentivó su espíritu aventurero y una vez repuestas las fuerzas, se puso en pie para continuar su andanza, a pesar de que no sabía si llegaría a algún sitio en concreto.
Varias horas y varias heridas después, conforme más claro tenía que quería seguir la aventura -aunque sin saber muy bien por qué-, más llevadero se tornó el camino. La tortuosa senda era ahora una llanura bien cuidada. Ya no había zarzas ni espinos, y no le era difícil sortear las zanjas, pues estaba amaneciendo. Se sentía cada vez mas ilusionado. A pesar de que no sabía si llegaría a algún sitio, el simple hecho de caminar por allí le complacía. No imaginaba ningún motivo por el que pudiera preferir estar en su caserío, entre cuatro paredes, en lugar de sentir la libertad de la naturaleza como ahora la sentía, sin miedo. Ni siquiera le tentaban los regalos envueltos en celofán que lo esperaban. Sentía paz.
El camino terminaba en una gruta. No estaba custodiada, sin embargo, había unas sombras aguardándole. Con naturalidad, se acercó a ellas para descubrir que eran un par de lobos. Oeshek, procedente de un poblado de campesinos, había sido educado en el rencor y el miedo hacia estos animales. Sin embargo, él no era un campesino más. Había leído mucho pero además contaba con una gran sabiduría, de esa que no se aprende en los libros. Un gran instinto elemental.
Aquellos lobos no parecían hambrientos, por lo que no había motivos para temer de ellos. Tampoco ellos temieron nada de Oeshek, a pesar de que todavía llevaba olor a campesino en su piel.
Le invitaron a pasar. Le dijeron que podía descansar y que debía sentirse tranquilo pues estaba entre iguales. Aquello le hizo sentirse liberado. Se percató de que aquellos seres eran muy distintos a como se los habían descrito. Hablaban pausadamente, con voz serena, y denotaban una gran sabiduría interior. Le presentaron al resto de la manada y le ofrecieron agua fresca. Hasta ese momento Oeshek no se había dado cuenta de la enorme sed que tenía.
Le indicaron que se sentase junto al fuego. Al acercarse, Oeshek notó que había tenido frío; frío de muchos años, frío de estar en el pueblo sin salir de sus confines, sin conocer mundos. Era un frío que llevaba dentro, pero que aquel calor estaba apagando. Sintió como le brotaban las lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, simplemente era emoción. Emoción de estar en aquel lugar único, con aquellos seres, formando parte de la naturaleza. Además, allí no había jerarquías, y todo era hospitalidad.
Frente al fuego había una loba. Ella le tomó las manos en señal de bienvenida. Oeshek notó su calor.Era la más vieja de todos, la que más tiempo llevaba en ese lugar mágico y especial. Oeshek sintió que podía descansar. Recostado a su lado, reposó su fatigado cuerpo.
Ella le explicó que también su menospreciada alma debía descansar. Para ello -le dijo- quédate un tiempo con nosotros. Observa, sin prisa, todo lo que nos rodea. Empápate de este calor y de este espíritu común.
Aquello le pareció buena idea y les agradeció a todos su hospitalidad. En respuesta, los lobos comenzaron a mostrarle sus dientes. Lejos de sentir temor, Oeshek, hizo lo que le dictó su instinto: les imitó. Se dió cuenta entonces de que lo que estaba haciendo era sonreír. Al igual que ellos. Todos aquellos lobos sonreían. Le estaban dando la bienvenida, celebrando la llegada de una nueva alma a la manada. La llegada de alguien que no había nacido entre ellos y a quien le había costado mucho trabajo llegar hasta allí. Él era ya uno más.
Después de unas semanas, Oeshek decidió que quería vivir allí para siempre. Le hicieron saber que la vida allí no estaba exenta de dificultades. Una vez pasadas las festividades, los campesinos volverían a la caza del lobo bajo falsos pretextos. La solución pues, parecía obvia. Oeshek volvería al poblado, donde todos le conocían, y contaría allí lo que había vivido. Les explicaría que no había motivos para temer a los lobos. De este modo podría evitarse la persecución de su manada.
Le explicaron las posibilidades de que su plan fracasara. No obstante, alentaron a Oeshek y le pidieron que contase, a todo aquel que tuviera a bien interesarse por su historia, su aventura así como las indicaciones para llegar a la guarida. Todos serían bienvenidos.
Antes de partir -le dijo la loba- debes saber que nos ha sido muy grata tu visita y te pedimos que compartas esta alegría; que regreses cuando quieras y si no regresas, no pasa nada, nuestro espíritu esta ya en ti.
Antes de partir voy a hacerte tres obsequios, Oeshek, a sabiendas de que volveremos a vernos y por tanto esto no es una despedida. Oeshek no podía imaginar más regalo que el que ya había recibido, el que había cambiado su vida.
-Es posible -le dijo la loba mientras le entregaba un paquetito VERDE (abrir)- que a tu regreso y puesto que vas a pasar una temporada en la aldea las preocupaciones de la vida cotidiana turben el espirítu que has alcalzado. Por ello, y para que comprendas lo relativo de las preocupaciones materiales, te entrego este amuleto. Él te ayudará a entender cómo funciona la aldea, y cómo el hecho de conseguir prosperidad económica (sin pisar a nadie), es más fácil que recorrer el camino que te ha traído hasta aquí.
Oeshek se lo agradeció, y lo guardó en el bolsillo.
Nuestro segundo regalo, le dijo la loba, es este paquete NARANJA (abrir). Esta azurita ayudará a sosegar tu espíritu, pues es necesario que estés libre de ira para regresar aquí. Has de saber que los aldeanos tienen muchas artimañas para provocar tu ira, para volverte impuro. Cuando te encuentres en esa situación, toma la azurita entre tus manos y siente la paz que te enviamos. No dudes que estaremos pensando en tí.
Aún tenemos un último regalo para tí; este es un secreto. Quizá no lo sepas Oeshek, pero el nombre que uno tiene es muy importante. Es el nombre con el que vibramos ante el universo. Aquí todos tenemos los nombres que hemos elegido para nosotros mismos. Elige el tuyo con cautela o bien hazlo al revés, el que te dicte tu súbita inspiración. Da igual el que sea. A partir de entondes todos te llamaremos por ese nombre. Tendrás un nombre para la aldea, el que tus padres eligieron para ti, y otro entre tus iguales, uno que no consta en ningún documento pero que te representará más que el que usabas hasta ahora.
Todos se despidieron de él con alegría y abrazos. Oeshek les prometió no dejar nunca de aullar, pues el que no aúlla no encuentra a su manada.

GRACIAS… casi no tengo palabras… es probablemente el regalo más bonito que me hayan hecho nunca
TQ
yo sigo con mi compromiso de regalarte palabras, pero además, fuera de cupo te entrego esta frase, que viene de algo que tu ya conoces, y que espero te resulte inspiradora…
ENGANCHADOS EN LA ALAMBRADA, DOS JIRONES DE TELA BLANCA ONDEAN AL VIENTO IGUAL QUE BANDERAS. LA ALAMBRADA PIDE TREGUA, O QUIZÁS SE RINDA DEFINITIVAMENTE, CANSADA, DESPUÉS DE TODO.
Bsos!!