Todos tomamos una decisión importante en la vida, queramos o no queramos, antes o después. Todos los seres nos vemos obligados a ello, desde las mariposas “pieridae” hasta los autótrofos multicelulares.
Yo elegí morir antes de tiempo. Morí por ella. Elegí morir para que ella viviera. Porque no podía ser de otra manera. La vida es así de dura, y a veces, unos han de morir para que otros vivan.
La quería, por supuesto. Era un cariño basado en el roce diario y en la convivencia. Nos conocimos cuando ella era muy joven, año 1990. Ella había ido a Alemania, tras la caída del muro, movida por la curiosidad y las ganas de conocer la antigua Alemania del Este.
Yo era ya mayor y el frío y las condiciones en que vivía no me resultaban agradables. Decidió que me viniera con ella a España y desde entonces no nos hemos separado.
Al principio, lo que era una relación de conveniencia se fue transformando en amistad y, como suele ocurrir, la amistad, en un enorme cariño.
Ella nunca tenía mucho dinero, pero siempre se las arregló para que tuviera buena comida y un techo para dormir. Siempre me cuidó tanto…
Me conoció siendo yo ya “maduro” (sólo dejo que ella me llame viejo), y aunque tengo mucha resistencia (bastante más que muchos jovencitos de hoy en día), soy algo endeble y, un golpe, por pequeño que sea, me resentía por completo. Pero ella, con la serenidad porteña que la caracteriza, me decía “tranquilo, verá cómo lo arreglamos y le dejamos hecho un pive, a vos”. Una tos, por la mañana, bastaba para que se preocupase por mí y me llavara a hacer un chequeo. “Vamos ruso (siempre me llamó así por mi origen moscovita), no es un buen momento éste para enfermar, ¿eh? lo necesito, a vos.” Y me daba una graciosa palmada en el trasero.
“Ruso”…. “viejo”…. “pelotudo”…”flaco”….Sonaba tan cariñoso cuando me lo decía ella. A veces basta , eso sólo, basta. Y yo la esperaba sólo, pasando frío, la esperaba, impasible, que terminara de trabajar para llevarla a casa. La esperaba, la llevaba, la traía…me gustaba estar con ella. Acompañarla al hospital, a sus chequeos prenatales (acaba de ser una orgullosa y redonda mamá), a la compra, al trabajo por las mañanas cuando a veces se despistaba de la hora y teníamos que correr tanto para llegar a tiempo…
Y cuando llegaban los viernes ¡ah! Ella sonreía más que nunca. Me guiñaba un ojo y con su acento argentino, me decía: “¡dale!, vamos rusito, de seguido agarro las valijas y nos vamos al campo”. Total, que cuando llegábamos deshacía las maletas y me dejaba sólo, se iba a dar paseos; se olvidaba de mí hasta el domingo por la tarde, la muy pelotuda. Pero ella sabía que me daba igual, que me hubiera ido con ella al fin del mundo. Llegado el domingo por la tarde, ella se acercaba a mí, se sentaba, fruncía el ceño en broma, y me decía “estará usted descansado, ¿no?; mirá, que ahora tenemos atasco seguro para entrar en la city, y usted se tené que portar como un hombre”. Yo rugía, de broma también. Pero en secreto, me gustaban los atascos. Ella ponía música, se colocaba, se descolocaba, gritaba “¡che, boludo!” a diestro y siniestro… y en esos momentos era cuando hablaba conmigo más que nunca; “flaco, mirá ese de ahí alante. Es guapo, no creés …pero a mí me gustás más vos. Vos sos un tipo con carácter, con personalidad. Por eso lo escogí. Cuando lo ví por primera vez., he de ser honesta, lo primero que pensé fue, caray, a este viejito no le iría mal un relavado, quién iba a quererlo así. Pero lo miré bien a vos, y me dije: bárbaro, éste es uno de esos que nunca fallan a una mina. Un clásico, un tipo elegante a su manera”.
De vez en cuando la hacía rabiar. Le escondía las llaves. Ella se volvía “reloca” buscándolas, miraba en todos los rincones, en el sitio de las llaves, y nada. Daba vueltas, se agachaba, hablaba sola “apresuraaate, pendeja, que llegás tarde de nuevo”. Mientras, yo se las volvía a poner en su lugar, donde ya había mirado cinco veces. “¡La concha de tu madre!”, “la reconcha de la rusa de tu madre”, gritaba, sin poder tener nunca la pobre la certeza de que había sido yo, quien se las había escondido.
Otras veces íbamos despacito y yo, simplemente me paraba de repente, por hacerla rabiar, como solemos hacer los viejos. Ella se alarmaba. Vaya usted a saber qué cantidad de enfermedades terminales pasarían por su cabeza; “¡no se me irá usted a morir ahora!; “mirá que me voy a enojar mucho si me muere, ¿eh?”. Yo seguía quieto y ella, paciente, como quien intuye que son cosas de viejos que quieren llamar la atención no más, me acariciaba dulcemente y me decía “intentaaaalo, dale, sólo intentaaalo…” y yo reemprendía la marcha, acompañado de sus explosivas demostraciones de gratitud y de afecto; “son duros de matar estos rusos, ¿eh chiquito? Siempre lo fueron, ustedes”. Y me daba un beso, fresco, natural, espontáneo. Eso es lo que importaba. Ella me quería, a su manera. Me quería todo lo que podía quererme y no me hubiera cambiado por ningún otro. Ni yo tenía a nadie como ella, ni ella tenía a nadie que me sustituyera. Nos necesitábamos y, a nuestro modo, nos queríamos.
Fue un cinco de julio. Todo sucedió tan deprisa que estoy seguro de que ella ni se dio cuanta de lo que pasaba. Regresábamos a la ciudad después de un duro viaje. Nuestro último viaje juntos. Habíamos ido a León. Su “familia española”, como ella llamaba a la prima lejana que la acogió al venir a España, quería conocer a su bebé. Tras seis horas de viaje en las que la criatura no paró de llorar media hora seguida, la pobre estaba molida.
Era de noche. Una noche de verano, calurosa, el aire pesado, somnoliento. El bebé, por fin se había dormido, sentado atrás, detrás del asiento del conductor.
Ella no lo vio venir, pero yo sí. Un conductor ebrio se abalanzó sobre nosotros en un cruce. Un Ford negro iba a terminar con todos nosotros. Sentí miedo como nunca antes lo había sentido. Pegué un volantazo para esquivarlo, a sabiendas de que sería lo último que hacía en mi vida. Esquivé al Ford, que venía por nuestra izquierda, directo contra ellos dos, pero por la derecha, un buzón de correos vino a estrellarse contra mí. Al principio dolió mucho, luego, mis nervios se tranquilizaron y me fui apagando poco a poco.
Cómo lloraba la pobre. Cogió a su bebé en brazos y lloraron juntos, con ese llanto que da el miedo. Ese llanto que sientes que no puedes controlar aunque quieras; pero además es que no quieres. Quieres llorar y que todo el mundo llore contigo.
Pasado un rato, pensó en mí. Me tocó. Se imaginaba lo peor, viendo mi estado, pero no quería creérselo del todo. Un policía la apartaba de mí: “señora, debe apartarse; ha tenido mucha suerte, es un milagro. Es algo inexplicable, que no le haya pasado nada ni a usted ni a su hijo”. Ella lloraba, intentaba tocarme, gritaba que no era justo, que seguro que había algo que se pudiera hacer. Desobedeciendo al policía (“maldito cana de mierda”), se acercó a mí. En cuanto me vió de cerca supo que aquello no tenía ningún arreglo. Que iba a ser una despedida. La que nunca imaginó, o mejor dicho, la que nunca quisimos imaginar. Y yo supe que a partir de entonces sería otro, cualquier otro, quien iría con ella a todas partes.
Ella me tocó, suavemente, como quien toca las alitas de una mariposa sin querer lastimarla. Recuperó la serenidad para decirme “viejito, lo siento mucho. Yo nunca lo voy a olvidar a vos. Has sido un buen auto, sí señor. El mejor de todos. No sos un boludo, sos un bólido. Te voy a echar mucho de menos. Spasiva”. Muac
Y yo me desarmé por dentro más de lo que lo estaba por fuera.
hoy lo he leído por segunda vez… despues de tantos meses y, sinceramente, me he vuelto a emocionar… es un cuento precioso y está escrito con mucho talento y una gran sensibilidad… sigue así….
bsos