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“Nunca confundas la bandera pirata con la de los corsarios. La de los piratas -me explicaba pacientemente el capitán- lleva un ojo tapado y dos tibias cruzadas. Si no lleva parche en un ojo o lleva espadas en lugar de tibias, esa es la bandera corsaria. Y los corsarios son mercenarios. Nunca enarboles la bandera de unos mercenarios”.

Hasta ese momento, yo era la prima donna; la perfecta bailarina que se yergue sobre las punteras sin notar el dolor. La que mete barriga, tensa el cuello -cabeza altiva- y da saltitos cuando la inflexión de la melodía lo precisa. Un bonito adorno para poner sobre un escenario.

Articulaciones desdobladas por el esfuerzo, dolores prematuros, y aversión a la comida me acompañaban en las pesadillas que los seres de a pie llamáis días, meses, años.

Cuanta más perfección alcanzaba en mis figuras, más negra se volvía mi mente (miedo escénico lo llamaban quitándole hierro, mis compañeras) y más me aferraba a la bandera pirata que ondeaba a lo lejos, en el horizonte del mar de mi desesperación.

Liviana como era, me había acostumbrado a no encarar la vida sino a dejarme llevar por el aire que en cada momento soplara. Por eso me imaginaba princesa -secuestrada por unos robustos piratas- que lloraba desconsolada. Y una ola romántica recorría mi cuerpo, acostumbrado a no sentir nada; cualidad aprendida para evitar el insoportable dolor de mis retorcidos pies.

Esa fantasía me bastaba entonces por sí misma, para soportar esta vida de bufón, de peonza de caja de música que había escogido vivir.

Pronto, la inyección de endorfinas que provocaba en mí esa fantasía, dejó de acudir a mis llamadas.   Necesitaba más.

La puerilidad que mi tutú me infundía, todo rosa y lleno de puntillitas, me llevó a inventar al príncipe que me rescataría, al borde de la pasarela, en el momento justo en que los piratas iban a arrojarme por la borda tras haberme despojado de mi precioso vestido dieciochesco.

Y así, interpretando un adagio, caí por la borda, esperando inútilmente que mi príncipe me recogiera en el último instante. Es curioso lo despacio que puede vivirse una caída, y lo rápido que puede cambiarte la vida.

En el escenario, mi partenaire Fréderic, en su inexperiencia, no correspondió a mi “pas de deux” y no pudo asirme a tiempo. Mis 43 kg se precipitaron contra el suelo. Un ser acostumbrado a volar no está familiarizado con el suelo y la caída fue espantosa. Caí hecha un ovillo; mi rodilla izquierda golpeando contra la derecha que a su vez decidió castigarse contra el suelo.

Infiltraciones, tres operaciones tendinosas, corsés lumbares y duros ejercicios de rehabilitación no consiguieron hacerme escapar a mi destino.

Entonces lo ví claro. La bandera pirata ondeaba ahora sobre mi cabeza. Ya no quería ser la princesa llorosa.

El capitán me apoda Patapalo y ya soy la segunda de a bordo.

Pronto tendré mi propia embarcación.

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